24 junio 2010

Para desodorizar los testículos

Hace ya unas cuantas lunas, mientras era estudiante de ingeniería en la Universidad de Puerto Rico, me dio por pertenecer a un consejo estudiantil. Mi intención –lo confieso- era servir de sal derramada sobre los ojos de la administración del Colegio de Ingeniería de entonces, a la que consideraba miope entonces (y la sigo considerando como tal hoy día). En palabras sencillas, yo quería ser el Abbie Hoffman del RUM. Casi nada.

Quienes conocen mi irreverencia sistemática contra los órdenes establecidos que aún aquejan a la UPR se imaginarán que dentro del ambiente que describo por poco no paso de primera base. Ya había sufrido unas cuantas injusticias, algunas bastante serias, particularmente a manos de profesores. Me esperaban unas cuantas más, aún peores que las que me llevaron a postularme para el cargo, pero obviamente no lo sabía entonces. Mi interés, por lo pronto, era ser quizá la décima parte de lo incisivo y contundente que lo que, hoy día, han sido los líderes estudiantiles que lograron la victoria en la gloriosa Huelga de la UPR del 2010. Me alegra decir que hemos caminado mucho desde entonces.

Pero claro, todo esto ocurría en el Colegio de Mayagüez, paraíso para muchos mordíos… de esos mismos que tienen el Yo-Yo como credo (primero yo, segundo yo, tercero yo, y si sobra algo, yo), empezando por ese seguidor de Yoda e imitación fatula del Che Guevara, el inimitable (¿inmamable?) Eduardo Náter. Yo era la proverbial cucaracha en el Baile de Gallinas Cluecas en sesión permanente, en el edificio Luis Stefani. Por ende, nada más por mi aspecto de esgreñao pelú (y no barbudo gracias a mi genética lampiña), por poco no salgo electo.

Mi lema de campaña de entonces era: “¡Adopta a un mosquito huerfanito!” en honor a los famélicos –y por ende, eternamente hambrientos- mosquitos que azotaban mis tobillos cada vez que me iba a un centro de cómputos a romper noche aprendiendo a programar. Fácilmente la administración se pudo haber gastado tres galones de DDT matando a los viles bicharracos, y no hubieran acabado con la mitad de la plaga; aún así mi intención era matarlos a fuerza de política. Usando un dibujo crudo que hice de uno de ellos digno de anuncio de Oliver Exterminating, el nematócero se convirtió en mi Pigasus, á la Hoffman.

Mi campaña cayó simpática a los no votantes, y como purgante a los que sí votaron. Aún así salí electo, porque mi departamento no tuvo suficientes votos para elegir un representante al Consejo, y por Ley de Minorías, como quien dice, a mis colegas los castigaron usándome a mí como su portavoz.

En mi plan de dominación mundial estilo Pinky y Doctor Cerebro, lo próximo era tener un adecuado parapeto para propaganda, en los tiempos pre-blog. En mi escuela superior ya yo repartía leña como reportero, redactor, diagramador, y hasta coeditor de publicaciones estudiantiles -incluyendo el anuario de mi clase graduanda, así que la progresión natural para mi pluma venenosa era continuar reflexionando regularmente, esta vez desde alguna publicación existente que nos sirviera de liga Doble A (las Grandes Ligas, para mí, era en ese entonces El Shopper de Guaynabo City… si me lo quieren creer) Sin embargo… a diferencia de otros recintos, el RUM había dejado caer su mensuario estudiantil hacía tiempo.

Pedí entonces permiso para editar otro boletín, tan pronto mis compañeros se enteraron de que había presupuesto de la administración para ayudarlo a producir –amarrado, como es de esperarse, a las presiones de la administración, y suficiente para solo cuatro ediciones. Se nos concedía la friolera de $1500 para papel y costos de duplicación para cuatro ediciones, así que aspirábamos a que su frecuencia no fuera más que trimestral. Un compañero ofrecía su computadora –yo entonces estaba más pelao que un chucho, y no tenía ninguna- y profesor de ideas más libertarias ofrecía su impresora decente. Más adelante tuve que prácticamente mudarme a un centro de cómputos para editar el boletín, lo que me expuso a otras cosas mucho trascendentales en mi vida… pero divago.

Por poco ni me eligen para editor tampoco, y gané el puesto en votación de concejales gracias a mi propio voto. Una vez fui electo me dediqué a rebuscar en los archivos de nuestra oficina, para ver qué formato seguían las ediciones anteriores, cosa de no reinventar la rueda. Me di cuenta que la progresión natural de volúmenes del boletín estudiantil que nos antecedió llegó hasta el decimoctavo año, y terminaba abruptamente entonces. Y, en la última edición, en la última página, luego de páginas llenas de artículos sobre actividades sin trascendencia del entonces Consejo, encontré esta gema de poema:

Para desodorizar los testículos,
y quitarle importancia subversiva a nuestros sexos,

se edifican vaginas envasadas
con perfume francés en la salida,
con ropa interior siempre de luto,
por el perdón incluido en el jadeo,

sin siquiera delirar un poco,
ni soñar nuestras caras utopías,

y nos inculcan rebeldías permitidas,
ahogando el calor saludable que traemos

sin gusto a jabón,
ni talcos represivos.


Nuestro senador estudiantil, tan brillante como pachoso, nos explicaba con bastante color en la cara que ésta había sido la última edición de la gaceta. Resulta ser que el editor del boletín, como no se conformaba con la tripa de pan que le hacían publicar sobre tomas de posesión y visitas de ñames con corbata al Recinto, deseaba agredir los ojos virginales de sus lectores con un poema de “un uruguayo ahí”, tal y como había colado dos o tres poemas subversivos de corte político en ediciones anteriores. Tal parece que la estrella roja en la solapa era permisible en publicaciones bendecidas por el Decanato de Estudiantes, pero el bálano y la labia rojas no lo eran. La transgresión le había costado al boletín su presupuesto, condenándolo a una muerte poco gloriosa.

Por años largos me preguntaba quién era el autor del desodorante gonadal, y ocasionalmente rebuscaba bibliotecas y librerías completas en la sección de Poesía, buscando antologías de autores uruguayos que remotamente olieran a salvajina y sexo. Cuando saltó mi interés del papel al píxel y Google se volvió mi biblioteca personal, rebusqué la finca de servidores cuchucientas veces, sin éxito. Justo hace un mes, en plena huelga de la UPR, me dio por averiguarlo de nuevo. Una cita incompleta apareció luego de un guglazo, y el resto, a petición mía, apareció en el más insólito de los lugares, en Féisbuk, la red social común a media humanidad con PC y un bejuco internético. Y digo insólito por una razón: el autor del desodorante lleva casi tres décadas de muerto.

El autor de Para desodorizar los testículos era un tal Ibero Gutiérrez. Y cuando leí su enternecedora y estremecedora historia, decidí profundizar sobre este ser humano intenso:

Ibero nació en 1950. Fue desde niño un dibujante e ilustrador de una prolijidad prodigiosa; luego fue poeta extremadamente maduro para su edad, libre pensador y estudiante, en un momento de la historia del Uruguay donde pensar y estudiar era poco menos que un acto criminal. Cito de una biografía publicada en el diario La República, de Montevideo en el 2009:

“Estudió Preparatorios de Derecho en el Liceo Larrañaga, donde en 1966 integró el cuerpo de redacción de la publicación del Centro de Estudiantes. Luego fue estudiante de Derecho y de la Facultad de Humanidades y Ciencias. Era integrante de la "Agrupación de Avanzada Universitaria" (ADAU).

Ganó un concurso organizado por Radio Habana que le permitió viajar a Cuba, para los Festejos del X Aniversario de la Revolución, en diciembre de 1968. Sus padres se lo permitieron a condición de que conociera Europa, en aquel tiempo pasaje obligado en el itinerario a Cuba. De ese pasaje por Europa, al regreso de Cuba, quedó un conjunto de poemas donde se aprecia su fina sensibilidad de artista.”


Al regresar de Cuba, Ibero decidió pertenecer al Movimiento 26 de Marzo, una célula política universitaria, para resultar ser compañero de otro líder estudiantil más, un tal Mario Benedetti. Fue periodista estudiantil, y militante político de movimientos liberadores en su entorno universitario. Ahí cobró valor, y su pluma resultó ser a la vez delicada e incisiva. Con su evolución como escritor comenzaron sus problemas.

Fue encarcelado al menos tres veces, todas por asociación. En al menos una de ellas se le mantuvo encarcelado por tres meses, y liberado sin haber sido encausado de delito alguno. Se le vinculó incluso a atentados contra el presidente del Uruguay… quienes lo conocen dan fe que se trataba de un ser mayormente introvertido que, seguramente, no estaba vinculado ni remotamente a guerrilla alguna.

El 28 de febrero de 1972, un escuadrón de la muerte, en represalia por la muerte de uno de los suyos, lo secuestró, torturó, humilló, asesinó de varios tiros y tiró su cadáver en una intersección de Montevideo. Ibero murió siendo dos años mayor que la edad que yo tenía cuando editaba mi boletín. El saber este hecho me heló la sangre. Mucha de mi vida, vivida quizá de forma más lenta, siguió alguna vez las mismas pautas que Ibero.

A mi edad de entonces, Ibero ya había vivido mucho. Muchísimo. Había viajado por América y Europa. Ya estaba casado. Había probado el éxito de su labor artística a una escala limitada, y no había desarrollado ni remotamente su potencial como artista y escritor, o como profesional del derecho.

Su hermana mantiene hoy día amorosamente su “fan page” de Facebook. Su labor da fe de que Ibero era, esencialmente, una persona bondadosa. Decía de él Benedetti: "Esa bondad, esa preocupación por el prójimo, esa esperanza incólume, que están patentes en sus poemas, son una conmovedora muestra de la riqueza interior de un revolucionario. Nosotros mismos a veces perdemos de vista ese nivel humano, que no por humano deja de ser político sino que es más político que nunca".

Desde luego, tenía la capacidad de evocar, denunciar y transgredir con su palabra. Y esto me devuelve al poema de marras… A la edad de Ibero el editor, yo apenas experimentaba con el tema de su poema. No me constara que las vaginas olieran a perfume, o a lo que fuera, porque apenas las había visto en persona. Viniendo de un trasfondo con una fuerte base ética sociosexual arraigada al catolicismo, me constaba de propio y personal conocimiento lo que era la represión –autorepresión, en este caso- sexual, si bien deliraba pensando en el Jabón Que No Se Gasta en múltiples ocasiones al día. Qué agresivo es el poema, para su edad. Qué evocador… qué genial… Ibero intentaba burlarse en esta ocasión de los tabúes y las falsas modestias en el congreso carnal, y a la vez, burlarse de la sociedad completa que no liberaba sus hormonas, sus olores, sus represiones.

Y al ser objeto de censura en este caso, Ibero además, desde el más allá, desde las orillas del Río de la Plata, transgredía las sensibilidades de dos o tres profesores mojigatos a milla y pico del Canal de la Mona, convertidos ellos en burócratas de claustro, que pretendían encausar las mentes de todo un colegio de ingeniería y alejarlas de lo que a todas luces es una experiencia más de múltiples experiencias universitarias: la exposición a otros puntos de vista. Enriquecedora, quizá chocante, quizá ofensiva, pero enriquecedora, sobre todo en el ambiente de nerdería bellaca de closet del cual estamos hablando.

Y la metáfora del poema censurado se puede extender además a la mojigatería mental de todos estos politicastros de pacotilla que, accidentalmente, advinieron a malgobernar a la Universidad de Puerto Rico en tiempos de la gloriosa Huelga de la UPR de 2010. La victoria de los estudiantes, a mi juicio, fue análoga a derramar los potes de perfume y desodorante (esta vez botox y formaldehido) que permearon durante sus casi 60 días de huelga. Podrán haber pintado de luto incluso la entrada de la Vita o el estacionamiento del Darlington en la Méndez Vigo. Podrán incluso objetar las rebeldías aún permitidas, ya fuera en el portón de enfrente de cualquiera de los once recintos. Pero con el calor de la candela, sea de cuerpos jóvenes en íntimo congreso, o del cuerpo estudiantil completo, no hay censura que valga.

Me acuerdo hoy día del poema, y me acuerdo además que poco después iniciamos el boletín estudiantil, que me ganó múltiples dolores de cabeza que duraron incluso años… me ganaron el respeto de muchos de mis lectores de entonces, algunos de los cuales aún me respetan hoy día. La intensidad del proceso de edición de la gaceta me proporcionó suficiente experiencia para lograr un empleo con la compañía de computadoras que produce aún hoy día el sistema con el que yo produje el boletín. Poco más tarde me tocó delirar un poco y soñar mis más caras utopías en una relación agridulce que surgió de ese proceso de edición. Y aún hoy día me mueve el espíritu de los Iberos de este mundo, a ser igual de sensible, delicado, mordaz e intenso que como él fue… así tenga más años, y la suerte de estar vivo. Gracias, Ibero.

----
Otras referencias sobre la vida de Ibero Gutierrez:

http://elmuertoquehabla.blogspot.com/2008/10/poema-de-ibero-gutierrez.html
http://www.larepublica.com.uy/politica/377696-el-poeta-asesinado
http://www.larepublica.com.uy/politica/377695-el-asesinato-de-ibero-gutierrez-gonzalez


-----Toi oyendo: Superfreak - Rick James

¿Y qué es lo peor que le puede decir uno a una Superfreak? Desde luego que ésto. :-P

Fiquito Yunqué es el pseudónimo de un músico, escritor y loco oriundo de Mayagüez, Puerto Rico y residente en San Juan. Las ideas expresadas en sus comentarios son las suyas propias. O eso él dice.

(C) 2010, Carlos Federico Yunqué González. Prohibida la reproducción parcial o total del contenido de este blog para uso comercial en cualquier formato sin el permiso escrito del autor.

Seguidores